Cómo calcular y reducir nuestra huella de carbono.


Los consumidores pueden conocer cuánto CO2 emiten y cómo disminuirlo mediante las calculadoras de huella de carbono. Este concepto se centra en concienciar a los ciudadanos sobre el impacto que tienen sus emisiones de dióxido de carbono (CO2) en el cambio climático y recalcar las diferencias entre países. Para conocer su huella, los consumidores disponen de diversas calculadoras disponibles en Internet.
Tu huella de carbono dice mucho sobre tus costumbres. Sirve para medir el impacto que producen sobre el medio ambiente en términos de emanación de gases efecto invernadero.
Con este simple cuestionario podrás calcular tu huella de carbono:
http://www.natgeo.tv/especiales/dia-de-la-tierra/test.asp
Para conocer cuánto CO2 se emite individualmente existen varias calculadoras en Internet, por ejemplo, la Comisión Europea dispone de la página http://www.mycarbonfootprint.eu/es/ en todas las lenguas europeas para que los ciudadanos calculen su huella de carbono y detalla qué tipo de actividad emite más CO2 y cómo reducirlo.
Por su parte, la web http://www2.icao.int/public/cfmapps/carbonoffset/carbon_calculator.cfm de la Organización Internacional de Aviación Civil de Naciones Unidas (ICAO) calcula la huella ecológica que los pasajeros dejan en sus vuelos. En España, iniciativas como CeroCO2 y Ekopass permiten calcular las emisiones, aprender a reducirlas e incluso a compensarlas.

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La transparencia en la administración de recursos públicos


Según el Banco Mundial, la corrupción es el mayor obstáculo al desarrollo económico y social. Augusto López, Director del Programa de Competitividad Global del Foro Económico Mundial, recuerda que a mediados de siglo el tema de la corrupción no era tenido en cuenta, desde los inicios de los años 1990, el FMI, el Banco Mundial y los bancos regionales de desarrollo, así como importantes instituciones internacionales, como la OCDE han ampliado el debate sobre el desarrollo incluyendo temas como la lucha contra la corrupción, la calidad de los gobiernos y el uso eficaz de la ayuda para el desarrollo.
Daniel Kaufmann, Director de Gobernanza Global en el Instituto del Instituto del Banco Mundial – WBI, estima que la corrupción factura más de un billón de dólares anuales en todo el mundo. El WBI considera que el costo del soborno equivale a un impuesto de 20% sobre el PIB mundial.
Desde 1999 entró en vigor la Convención Contra el Soborno adoptada por la OCDE, con el fin de impedir los pagos ilícitos a funcionarios públicos. Mark Pieth, Presidente del Grupo de Trabajo sobre el soborno afirma que esta convención ha reducido, por ejemplo, el tamaño de la mordida ilegal en los contratos militares, que ha pasado de un 15% a un 5% en los últimos años. Si embargo, Pieth considera que las iniciativas privadas no podrán erradicar solas la corrupción y que ésta tarea es de incumbencia del sector público. Sostiene que los códigos de buena conducta del sector privado no pueden asegurar el cumplimiento de las normas ni tampoco ofrecen medios eficaces para tratar las denuncias.
La transparencia se ha convertido en un valor imprescindible para generar la confianza, de los individuos y las organizaciones, en los modelos y sistemas en los que se mueven y actúan. También la transparencia se ha integrado como una necesidad en las relaciones entre los distintos agentes que conviven en los sistemas. En este sentido, los ciudadanos, como individuos, esperan y exigen transparencia en las organizaciones e instituciones que los representan, los inversionistas demandan transparencia a los gestores de sus inversiones, los consumidores y compradores solicitan mayor transparencia respecto a la información ligada al producto o servicio, los empleados exigen y valoran la transparencia de la gestión de las organizaciones y empresas que conforman, y la sociedad en general exige más información sobre las actuaciones e impactos (económicos, sociales y ambientales) de los distintos actores que inciden en la misma.
Para el Observatorio de Responsabilidad Social Empresarial de España, una de las bases de la gestión de la Responsabilidad Social Corporativa es la apertura de las organizaciones a sus grupos de interés. En este sentido debe incluirse procesos de comunicación y relación – información, negociación y participación, pues es obvio que, dependiendo de la relación y del nivel de confianza entre la organización y sus partes interesadas, los procesos serán más maduros, más abiertos y habrá mayor confianza. Así, la transparencia es la clave en las formas de comunicación que emplean las organizaciones para relacionarse y generar confianza en los demás.
El Observatorio insiste en la necesidad de evaluar el grado en el que las memorias de RSC son herramientas válidas para que la información generada sea útil para la gestión y el control interno de las propias empresas, y, en el informe 2004 sobre la RSC en las memorias anuales de las empresas del Ibex 35, el Observatorio trata de determinar el uso que las empresas hacen de las memorias, si es puramente informativo o como herramienta fundamental para la rendición de cuentas, y la gestión y control internos de los procesos centrales de negocio de la compañía.
Existen distintos procesos en las organizaciones que pretenden asegurar la transparencia en la organización y a sus partes interesadas. Entre ellos se destacan los que pretenden medir, recolectar, procesar, transmitir, analizar y comunicar la información que se considera relevante para entender la realidad de la organización y su comportamiento, con el fin de tomar decisiones. Puede existir procesos sistemáticos establecidos para que este flujo sea periódico, y analizar tendencias y relaciones causa efecto sobre las decisiones tomadas. Existen procesos que buscan asegurar la fiabilidad y certidumbre de la información recibida sobre la que se basan la toma de decisiones, llamados procesos verificación, que pueden incluir actividades de validación, inspección o auditoría. Cada uno de de estos procesos tienen una certidumbre aparejada al resultado de los mismos, y normalmente se emplean los más adecuados a las necesidades de los receptores objetivos de esta información. Por ello parece lógico que estos procesos de verificación vayan siempre orientados a las expectativas de los usuarios de la información.
De otra parte, en el informe 2006 del Observatorio español, se recalca que los Derechos Humanos – DDHH, son un gran Bien Público Global – BPG que a su vez engloba y condiciona otros Bienes Públicos Globales, como son la libertad, la igualdad, la paz, la seguridad, la salud, el ambiente, la justicia, y el desarrollo, entre otros. Así, la Declaración Universal de los Derechos Humanos consagró el derecho de la ciudadanía al acceso a la información.
Lo anterior se basaba al inicio en el derecho que tienen todas las personas a acceder a la información en instituciones públicas, así como en privadas que presten un servicio público o reciban subvenciones de fondos públicos. Sin embargo, el desarrollo de este derecho no termina ahí, pues el derecho de las personas a saber se perfila como un derecho instrumental que permita a las personas defender el resto de derechos, que puedan verse amenazados o impactados por la actuación de las distintas organizaciones o instituciones. Por tanto, la recepción de información por parte de las personas es un derecho en sí mismo, como derecho a conocer y para poder generar su propia opinión y tomar las decisiones que considere oportunas, así como para ejercer adecuadamente su derecho a la libertad de expresión.
(…) Por lo tanto, el derecho de acceso a la información proclama que las personas tienen derecho a conocer aquellas informaciones que les permitan ejercer el resto de derechos proclamados por la Declaración. En este sentido, y en la medida en que las empresas producen impactos sobre la sociedad y el medioambiente que pueden influir en el respeto o protección de alguno o varios de los derechos proclamados, las personas tienen derecho a conocer de qué forma las empresas llevan a cabo sus actividades, qué impactos producen y cómo tratan de solucionarlos. Por tanto, es fácil entender por qué las distintas partes interesadas que pueda tener una empresa quieran ejercer el derecho de acceso a la información para evaluar los impactos y los riesgos que su actividad produce, directa o indirectamente.

Qué es la responsabilidad social corporativa

El concepto de Responsabilidad Social Corporativa – RSC se refiere a los resultados alcanzados por las empresas en materia ambiental, satisfacción de los grupos de interés que concurren en la actividad empresarial, y atención a diferentes mandamientos de orden ético, por ejemplo, respeto a los derechos humanos. Diversos estudios demuestran que la adopción del enfoque RSC mejora la reputación empresarial, permite fidelizar a clientes y empleados, ayuda a mantener relaciones de cooperación con las comunidades sociales donde operan las empresas, permite gestionar la variable ambiental, y da acceso al ahorro ofertado en el mercado de productos financieros reservado a las empresas que acreditan niveles aceptables de RSC, de acuerdo con el rating de agencias independientes.
Según Elisabet Garriga y el profesor Domènec Melé, las principales teorías de RSC están relacionadas con los beneficios económicos empresariales, la actuación política de las empresas, las demandas sociales y los valores éticos de quienes trabajan en las corporaciones. Garriga y Domènec agruparon las tendencias en cuatro grupos. El primero, el de las teorías instrumentales, en donde la empresa es vista sólo como un instrumento para la creación de riqueza y sus actividades sociales como un medio para alcanzar resultados económicos. Dentro de éste grupo se encuentran los enfoques de la maximización del valor, las estrategias para lograr ventajas competitivas, las inversiones sociales en un contexto competitivo, que sostiene que las inversiones filantrópicas pueden ser útiles para mejorar el contexto de ventaja competitiva de una firma ya que normalmente crea un valor social mayor del que pueden crear los donantes individuales o el gobierno; y el marketing con causa, cuyo objetivo principal es generar valor a través de los clientes a través de una imagen de marca asociada con la dimensión ética o de responsabilidad social.
El segundo grupo de enfoques, según Garriga y Melé, está compuesto por aquellos que conforman las teorías políticas, que hacen referencia al poder de las empresas en la sociedad sobre la base de un ejercicio responsable dentro de los escenarios políticos. Entre las enfoques más importantes están el del constitucionalismo corporativo, en donde la empresa es una institución social y por lo tanto debe ejercer el poder de manera responsable; y la ciudadanía corporativa, donde además existe un fuerte sentido de la responsabilidad de la empresa con respecto a la comunidad local, asociaciones y preocupación por el entorno ambiental.
El tercero, el grupo de teorías integradoras, Garriga y Melé reúnen los enfoques de RSC para los cuales la empresa centra su interacción en la identificación y respuesta de las demandas sociales y sostienen que tiene la ventaja de la mayor sensibilidad de la empresa hacia su entorno, que a su vez permite una mejor comprensión por parte de terceros sobre la organización empresarial. Dentro de éste grupo de se encuentran el principio de responsabilidad pública, que afirma que el comportamiento empresarial adecuado deriva de una política pública relevante; y la gestión de los grupos de interés que se orienta hacia las personas que afectan por las prácticas corporativas.
El último grupo, el de las teorías éticas, los principales enfoques se basan en las responsabilidades éticas de las empresas para con la sociedad, sobre el principio de qué se debe y qué no se debe hacer o sobre la necesidad de construir una sociedad mejor. Entre los enfoques principales, Garriga y Melé distinguen las acciones empresariales en torno a los derechos universales, basados en los derechos humanos y laborales; el desarrollo sostenible, dirigido a alcanzar un desarrollo humano que tenga en cuenta a las generaciones presentes y futuras; y el enfoque del bien común, en donde la empresa debe contribuir al bien común porque es parte de la sociedad, mediante la creación de riqueza, proveyendo bienes y servicios de una manera justa y eficiente y respetando la dignidad y los derechos fundamentales inalienables de los individuos.

La contabilidad ambiental en las empresas


Muchas empresas presentan en sus memorias materias de carácter ambiental, pero son pocas las que son capaces de contabilizar los hechos ambientales que definitivamente influyen en los estados financieros. El gran desafío de las empresas es pues integrar completamente el tema ambiental a la toma de decisiones y a las estrategias de negocio. Un sistema contable que contemple el concepto ambiental en su plan de cuentas, obviamente tendrá información disponible en cuanto a sus costos ambientales, lo que es crucial en la sostenibilidad del negocio a largo plazo, especialmente si se trata de negocios relacionados con la explotación de recursos naturales.
Para Georgina Núñez, los costos ambientales forman parte de los costos totales de las empresas porque afectan los resultados financieros, de manera tal que deben imputarse en el ejercicio en que se originan. Así, los sistemas contables ayudan a cubrir las necesidades de registro de los desembolsos ambientales de las empresas y brindan la información sobre cuáles son los costos ambientales en que se incurren; cuál es el monto y características de cada uno de ellos; dónde se originan dentro de la organización y; cómo pueden ser manejados en forma más eficiente.
Igualmente, Georgina Núñez plantea la necesidad de revelar información ambiental en las notas a los estados financieros. Para ella, es conveniente informar como la gestión ambiental interna reduce de manera significativa los gastos de, por ejemplo, servicios públicos, al desarrollar programas internos de uso racional de los recursos. También propone que en las notas a los estados financieros se revelen los pasivos ambientales fortuitos o accidentales, y además, si éste pasivo ambiental es probable y el monto puede ser estimado, debería ser registrado contablemente.
De otra parte, en el estudio Gasto y desempeño ambiental del sector privado en Colombia, elaborado por Carlos Manuel Herrera Santos, consultor de la CEPAL, se hizo un análisis del desempeño ambiental del sector privado colombiano, a partir de analizar las características del gasto que se destina a la protección ambiental. El Estudio tuvo como objetivo ofrecer un panorama del comportamiento ambiental de las empresas colombianas a partir de cuantificar los desembolsos en medio ambiente del sector privado e identificar las motivaciones y características de dichos desembolsos, con la finalidad de hacer recomendaciones de política pública.
Según el estudio de Carlos Herrera, las características del gasto ambiental empresarial en Colombia muestran como prioridad la descontaminación hídrica, influidos por la normatividad ambiental; y como segunda prioridad, la prevención de la contaminación atmosférica. Igualmente, el estudio confirmó que la principal fuente de financiación son recursos propios y que, en principio, la motivación para invertir en asuntos ambientales depende de la presión de las autoridades ambientales, del marco normativo y, en últimas, de la búsqueda empresarial de una mayor competitividad.
En Colombia, la política ambiental sectorial más desarrollada es la del sector eléctrico que ésta coordinada por la Unidad de Planeación Minero Energética – UPME, del Ministerio de Minas y Energía. La UPME desarrolló un modelo matemático que permite estimar el costo ambiental de los proyectos del sector eléctrico. En el modelo de la UPME se diferencian los costos de construcción y los costos de operación y fue elaborado sobre la información histórica de diversos proyectos del sector eléctrico colombiano en operación. Así, los costos del sector se clasifican en dos tipos: 1) los costos de gestión, que incluyen los costos de prevención, de mitigación, de corrección, de compensación, de supervisión y control y los costos de estudios. 2) Los llamados otros costos incluyen las tasas y transferencia que deben realizar las empresas por imposición de la ley y en general todos aquellos costos que se asocian a los requerimientos normativos y regulatorios.

Los ciudadanos del mundo podríamos hacer guerras, pero de baile…

Mi sobrina mariola me escribió contándome de una tarea que hizo para el colegio sobre la guerra, la cual quiero compartir con todos, en especial los que ya me leen en e-republik.com y que saben de mis ideas sobre cambiar algunas reglas del juego como la energía sucia y la guerra..

Aquí van los párrafos Mariola Luther:

Yo creo que la guerra es algo malo,que hace cosas a la gente sin pensar.
Hay consecuencias muy malas:que muera gente inocente,o haga echar a gente de sus pueblos,ciudades,aldeas,etc.
Hay diferentes causas para haber guerra:por racistas,(que estas personas no quieren que venga gente deotros paises) como Martin Luther King intento luchar para que no haya guerras,y lo mataron a los 38 años por esta causa,y yo,luchare por el.
No me gusta que las personas,adultas,enseñen a sus hijos a que no deben estar con niños de otros paises,y hay algunos niños en clase,que no piensan,y pegan,y se meten en lios por esas tonterias.
Todos somos personas,seres humanos,y todos tenemos lo mismo,cerebro,corazon,huesos,musculos,y aunque no creo en toda esa historia que cuentan sobre Dios,si que creo que los “moros´´,“argentinos´´,“colombianos´´ ,“españoles´´,y los del mundo entero,seamos hermanos.Y aunque no hablemos con ellos,nos tenemos que cuidar,y habra un dia en el que todos muramos por una absurda pelea por un pais o cualquier otra estupidez que se les ocurra a los adultos de hoy en dia.
Parecemos animales (crios)dominados por el mundo de las bestias,salvages,y muy tontas.
Los niños,no tenemos que pelear, ni escuchar a los padres cuando nos dicen que no nos juntemos con gente de otros paises(niños),eso creo yo…
Tengo ganas de ser mayor,y poder hacerles escuchar este minidiscursito sobre la guerra,que los padres del ayer y los del hoy,se enteren que ¡todos somos humanos!
Ojalá hubiese un planeta para las personas que no quieren luchar,que quiere tener un planeta limpio,sin guerras,sin personas que mueren por estas causas,un planeta silencioso,ojalá exsitiese…

Me encanto que el profesor lo leyese a toda la clase.

La era del exceso energético o la vida después de la era del petróleo

Qué artículo tan cierto.
Llevo hablando varios días de éste tema.
Quiero compartirlo con ustedes.
Prevé las guerras por las fuentes de energía.
És más importante pensar en cómo será la vida después de la era del petróleo, el carbón y el gas (los fósiles) y cuáles serán sus sustitutos sostenibles.
No dice nada de las fuentes de agua dulce y apta para consumo humano.
Es necesario el fomento de la investigación y desarrollo de energías alternativas y sostenibles.
 
Ursula Sola de Hinestrosa

 

Tomado de http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2788 

La era del exceso energético o la vida después de la era del petróleo

Michael T. Klare · · · · ·
 
27/09/09
 
 

El debate actual gira en torno a una cuestión básica: si ya hemos alcanzado el pico de la producción de petróleo o si ello no ocurrirá, como mínimo, hasta la próxima década. De una cosa no hay dudas: estamos pasando de una era basada en petróleo como principal fuente de energía a otra en la que una proporción cada vez mayor de los insumos energéticos provendrán de energías alternativas, sobre todo, de energías renovables derivadas del sol, el viento o las olas. Ahora bien: ajústense los cinturones, porque será un viaje turbulento y bajo condiciones extremas.

Sería ideal, naturalmente, si el paso del petróleo a sus sucesores más amigables en términos ecológicos se produjera suavemente, a través de un macro-sistema, bien coordinado e interconectado, de instalaciones de energía eólica, solar, mareomotriz, geotérmica y otras renovables. Desafortunadamente, es poco probable que esto ocurra. Lo más seguro es que antes atravesemos una era caracterizada por un excesivo recurso a las últimas y menos atractivas reservas de petróleo y carbón, así como a hidrocarburos “poco convencionales” pero altamente contaminantes, como las arenas bituminosas de Canadá y otras alternativas fósiles muy poco atractivas.

No hay dudas de que a Barack Obama y a varios miembros del Congreso les gustaría acelerar el salto de la dependencia del petróleo a otras alternativas no contaminantes. Como el propio presidente dijo en enero, “nos comprometemos con la búsqueda firme, centrada y pragmática de unos Estados Unidos libres de la dependencia [del petróleo] y dotados de un nuevo modelo energético y económico que ponga a trabajar a millones de nuestros conciudadanos”. Ciertamente, de los 787.000 millones de dólares del paquete de estímulos que firmó en el mes de febrero, 11.000 millones se destinaron a la modernización de la red eléctrica nacional, 14.000 millones a incentivos fiscales a las empresas que inviertan en energías renovables, 6.000 millones a programas estatales de mejora energética, y miles de millones más a investigación en materia de energías renovables. A estas medidas podrían sumársele otras similares en caso de que el Congreso apruebe el proyecto de ley sobre cambio climático. La versión del mismo que acaba de votar la Cámara de Representantes, por ejemplo, obliga a que en 2020 el 20% de la producción eléctrica de los Estados Unidos provenga de energías renovables.

Pero también hay malas noticias. Incluso si estas iniciativas prosperan, e inmediatamente se aprueban otras parecidas, todavía llevaría décadas reducir sustancialmente la dependencia estadounidense del petróleo y de otras energías contaminantes no renovables. Tal es nuestra demanda de energía y tan arraigados están los actuales sistemas de distribución de combustibles que consumimos que, salvo una sorpresa inesperada, lo que tenemos por delante son años en una tierra de nadie entre la era del petróleo y un eventual florecimiento de las energías renovables. A este ínterin podríamos llamarlo, por ponerle un nombre, era del exceso energético. Y lo más seguro es que, en todos los aspectos imaginables, desde los que tienen que ver con los precios hasta los vinculados al cambio climático, sean tiempos difíciles.

 

Es inútil engañarse pensando en que esta nueva y sombría era traerá consigo muchas más turbinas eólicas, placas solares y vehículos híbridos. Es posible que la mayoría de nuevos edificios vengan equipados con paneles solares y que se construyan más trenes ligeros. Pero lo más probable es que, en materia de transportes, nuestra civilización siga dependiendo en lo fundamental de aviones, barcos, camiones y coches movidos por petróleo. Y lo mismo puede aplicarse al carbón en relación con la energía eléctrica. Buena parte de las infraestructuras para la producción y distribución de energía permanecerán intactas, incluso aunque las actuales fuentes de petróleo, carbón y gas natural comiencen a agotarse. Todo ello tendrá una consecuencia: nos forzará a confiar en fuentes fósiles hasta ahora no exploradas, mucho menos deseables y con frecuencia bastante menos accesibles.

En las recientes proyecciones del Departamento de Energía sobre los niveles futuros de consumo energético en los Estados Unidos pueden verse algunos indicadores que anticipan esta combinación de combustibles en la nueva era. Según el Panorama Anual de la Energía para 2009 elaborado por el Departamento, se calcula que los Estados Unidos consumirán unos 114 cuatrillones de unidades termales británicas (UTB) de energía en 2030. De este total, un 37% provendrá del petróleo y otros líquidos disueltos en el petróleo; un 23% del carbón; un 22% del gas natural; un 8% de la energía nuclear; un 3% de la energía hidráulica y sólo un 7% de la energía eólica y solar, de la biomasa y de otras fuentes renovables.

Está claro que ninguno de estos datos permite prever un dramático abandono del petróleo y otros combustibles fósiles. Teniendo en cuenta la tendencia actual, el Departamento de Energía también prevé que incluso dentro de dos décadas, en 2030, el petróleo, el gas natural y el carbón aún representarán el 82% del consumo primario de energía en los Estados Unidos, sólo dos puntos menos que en 2009 (No es descartable, desde luego, que un cambio dramático en las prioridades nacionales e internacionales pueda conducir a un mayor crecimiento de las energías renovables en las próximas décadas. Pero a estas alturas, un escenario así es más una esperanza remota que un dato fiable).

Aunque los combustibles de origen fósil seguirán siendo dominantes en 2030, la naturaleza de algunos de ellos, y la manera de adquirirlos, experimentarán cambios profundos. Actualmente, la mayor parte de nuestro petróleo y de nuestro gas natural proviene de fuentes “convencionales”: vastas reservas subterráneas halladas en tierras o costas poco profundas y relativamente accesibles. Estas reservas se pueden explotar de manera sencilla con tecnología conocida, sobre todo a través de versiones más o menos modernas de los enormes pozos petroleros que se hicieron famosos con la película There Will be Blood (Pozos de ambición, en castellano), estrenada de 2007. 

Como fuente de consumo global, sin embargo, la mayor parte de estos pozos están a punto de agotarse. Ello forzará a la industria energética a recurrir cada vez más a plataformas marinas que permitan buscar petróleo y gas a mayor profundidad, a arenas bituminosas, a petróleo y gas proveniente del Ártico y a gas extraído de rocas esquistosas a partir de técnicas altamente costosas y ambientalmente riesgosas.

Según el Departamento de Energía, en el año 2030 estas fuentes no convencionales proporcionarán el 13% de la oferta mundial de petróleo (en comparación con apenas un 4% en 2007). Una tendencia similar se señala en materia de gas natural, sobre todo en los Estados Unidos, donde se calcula que el porcentaje de energía proveniente de fuentes no convencionales pero no renovables crecerá de un 47% a un 56% en el mismo período.

La importancia de estas fuentes de aprovisionamiento es evidente para cualquiera que siga los periódicos especializados en el mercado de la industria petrolera o que simplemente lea de manera regular las páginas de negocios del Wall Street Journal. Al margen de ello, no se han dejado de anunciar grandes descubrimientos de nuevas reservas de gas y petróleo en sitios accesibles a las técnicas clásicas de perforación y conectados a mercados clave a través de tuberías o de rutas de comercialización ya existentes (o fuera de zonas de guerra activas, como Iraq, la región del Delta del Níger o Nigeria). Sin embargo, aunque los anuncios están ahí, prácticamente todos tienen que ver con reservas que se encuentran en el Ártico, en Siberia o en aguas muy profundas del Atlántico o del Golfo de México.

Hace poco, por ejemplo, la prensa anunció a bombo y platillo grandes descubrimientos en el Golfo de México y en las costas de Brasil que en principio permitirían dar algo de oxigeno suplementario a la era del petróleo. El 2 de septiembre, la petrolera BP (la ex British Petroleum) anunció que había encontrado un yacimiento gigantesco en el Golfo de México, a unos 400 kilómetros al sudeste de Houston. Se calcula que cuando de aquí a unos años comience la explotación, la prospección Tiber puede llegar a producir cientos de miles de barriles de crudo por día, lo que reforzaría el status de BP como gran productor en zonas marinas. “Esto es grandioso”, comentó Chris Ruppel, un alto analista en materia de energía del Execution LLC, un banco de inversiones de Londres. “Las mejoras tecnológicas nos están permitiendo liberar recursos que nadie había descubierto o que resultaban demasiado costosos de explotar desde un punto de vista económico”.     

Con todo, si alguien concluyera que este yacimiento podría engrosar rápida o fácilmente los insumos de petróleo del país, se equivocaría por completo. Para comenzar, está situado a unos 10.600 metros de profundidad –más que la altura del Monte Everest, como apuntó un periodista del New York Times– y bastante por debajo del suelo del Golfo. Para llegar hasta el petróleo, los ingenieros de BP deberán perforar kilómetros de roca, sal y arena comprimida, y deberán recurrir para ello a un equipo muy costoso y sofisticado. Para poner las cosas aún más difíciles, Tiber se encuentra justo en medio de una zona del Golfo regularmente azotada por tormentas masivas y temporadas de huracanes. Cualquier perforadora, pues, que pretenda operar en la zona, deberá estar diseñada para resistir vientos y olas huracanados y para permanecer inactiva durante semanas cada vez que los operadores se vean forzados a evacuar la zona.   

En el caso del yacimiento de Tupi, el otro gran descubrimiento de los últimos años, la situación es similar. Situado a unos 320 kilómetros al este de Río de Janeiro en las profundidades del Océano Atlántico, Tupi ha sido a menudo descrito como el más grande yacimiento de petróleo descubierto en 40 años. Se calcula que podría albergar entre 5.000 y 8.000 millones de barriles de petróleo recuperable, una cantidad que catapultaría a Brasil a la primera línea de productores de petróleo. Siempre, claro, que los brasileños pudieran superar su propia desalentadora lista de obstáculos: el yacimiento de Tipi tiene encima unos 2500 metros de agua de mar y unos 4.000 metros de roca, arena y sal. Para acceder a él hacen falta tecnologías de perforación novísimas y super-sofisticadas. El coste estimado de toda la operación rondaría entre los 70.000 y los 120.000 millones de dólares y exigiría años de dedicado esfuerzo.

Si se consideran los elevados costes potenciales que comporta la recuperación de ésta últimas reservas de petróleo, no sorprende que las arenas bituminosas de Canadá sean la otra gran baza que el negocio del petróleo está dispuesto a jugar. No se trata de petróleo en sentido convencional, sino de una mezcla de arcilla, arena, agua y bitume (una forma muy pesada y densa de petróleo) cuya extracción exige la utilización de técnicas de perforación propias de la minería y cuya utilización como combustible líquido utilizable requiere un intenso tratamiento previo. En realidad, el que las grandes empresas energéticas se hayan disputado a codazos la compra de licencias para minar bitumen en la región de Athabasca o en el norte de Alberta sólo se explica por su convencimiento de que el petróleo convencional y fácilmente accesible se está agotando.

El minado de arenas bituminosas y su conversión en combustibles líquidos utilizables es un proceso costoso y pleno de dificultades. La urgencia por recurrir a él, en realidad, dice bastante sobre el peculiar estado de dependencia energética en que nos encontramos. Los depósitos situados en la superficie pueden extraerse mediante minería a cielo abierto, pero los que se encuentran en zonas muy profundas del subsuelo exigen la utilización de vapor, primero, para separar el bitumen de la arena, y luego para extraer el bitumen. El proceso global consume enormes cantidades de agua y de gas natural (necesarios, precisamente, para convertir el agua en vapor). Una parte del agua utilizada proviene del propio yacimiento y se reaprovecha, pero una cantidad importante suele ir a dar a la red de abastecimiento de agua de Alberta del Norte, lo que ha generado el temor entre grupos ambientalistas acerca de una posible contaminación a gran escala.

A estos inconvenientes pueden sumárseles otros, como el intenso proceso de deforestación que la minería a cielo abierto implica o el alto consumo de un bien preciado como el gas natural requerido para extraer el bitumen. Sin embargo, la demanda de productos derivados del petróleo que nuestra civilización ha desarrollado es tal que el objetivo es que las arenas bituminosas generen unos 4,2 millones de barriles de combustible por día –tres veces la cantidad que producen hoy- en 2030, incluso si ello supone devastar zonas enteras de Alberta, consumir cantidades ingentes de gas natural, potenciar la contaminación extensiva y sabotear los esfuerzos de Canadá para disminuir sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Al norte de Alberta es posible hallar otra fuente adicional de energía excesiva: gas y petróleo del Ártico. Si hace tiempo ya era difícil sobrevivir en la región, mucho menos se esperaba que produjera energía. Sin embargo, en la medida en que el calentamiento global ha facilitado a las empresas el acceso a las latitudes del Norte, el Ártico se ha convertido en objeto de una nueva fiebre petrolera. La compañía estatal noruega StatoilHydro gestiona actualmente el más importante yacimiento de gas natural del círculo ártico. Un sinnúmero de empresas de diferentes lugares del mundo, a su vez, tienen en mente realizar exploraciones en territorios árticos de Canadá, Groenlandia (administrados por Dinamarca), Rusia y los Estados Unidos. Hasta las perforaciones en las costas de Alaska podrían estar pronto a la orden del día.

No será  sencillo, empero, obtener petróleo y gas natural del Ártico. Incluso si el calentamiento global eleva las temperaturas y reduce el espesor de la capa de hielo polar, las condiciones para la actividad petrolífera en invierno continuarán siendo en extremo complicadas y riesgosas. Las tormentas feroces y los cambios bruscos de temperaturas continuarán siendo moneda corriente. Todo ello supondrá un alto riesgo para cualquier grupo humano desprovisto de los correspondientes equipos de seguridad y un evidente obstáculo para el transporte de energía.

Nada de esto, en cualquier caso, ha conseguido disuadir a unas empresas que, ante el panorama de la inminente caída de los insumos petroleros, están  totalmente dispuestas a zambullirse en aguas heladas. “Sin perjuicio de las condiciones adversas, el interés en las reservas de gas y de petróleo en el extremo norte no ha hecho sino aumentar”, constata Brian Baskin en el Wall Street Journal. “Prácticamente todos los productores ven el subsuelo del Ártico como la próxima gran fuente de recursos”. Lo que resulta cierto para el petróleo, lo es también para el gas natural y el carbón: la mayoría de los depósitos convencionales accesibles se están agotando rápidamente. Lo que queda son, básicamente, fuentes “no convencionales”.

Los productores estadounidenses de gas natural, por ejemplo, han registrado un significativo aumento de la producción local, lo que ha provocado una disminución de precios considerable. Según el Departamento de Energía, se calcula que la producción de gas de los Estados Unidos pasará de los 20 billones de pies cúbicos en 2009 a los 24 billones en 2030. Una auténtica bendición para los consumidores norteamericanos, cuya calefacción doméstica y cuya electricidad dependen en buena medida del gas natural. En todo caso, el propio Departamento de Estado ha señalado también que “la mayor contribución al crecimiento de la producción de gas natural en los Estados Unidos ha provenido del gas natural no convencional, ya que la subida de precios y las mejoras en las tecnologías de perforación han proporcionado los incentivos económicos necesarios para la explotación de recursos más costosos”.

La mayor parte del gas no convencional en los Estados Unidos se obtiene de arenas compactas, pero hay un porcentaje cada vez mayor que se extrae de rocas esquistosas a través de un proceso conocido como de fractura hidráulica. En virtud del mismo, se fuerza la entrada de agua en formaciones subterráneas de esquisto con el propósito de partir la roca y liberar el gas. Las cantidades de agua empleadas en este proceso son cuantiosas, y los ambientalistas temen que parte de la misma, lastrada de contaminantes, pueda acabar en las redes de suministro de agua potable. Por otro lado, hay muchas zonas en las que el agua como tal es un recurso escaso, de manera que la desviación de cantidades considerables para la extracción de gas bien puede disminuir las cantidades disponibles para agricultura, preservación del hábitat y consumo humano. Con todo, se calcula que la producción de gas proveniente de esquisto saltará de los dos billones de pies cúbicos anuales en 2009 a los cuatro billones en 2030.

El panorama en materia de carbón es más o menos similar. Muchos ambientalistas han denunciado la quema de carbón, ya que genera más gases de efecto invernadero por BTU producida que cualquier otro combustible fósil. No obstante, la industria nacional de la electricidad continúa recurriendo al carbón porque sigue siendo relativamente barato y disponible. Lo cierto, en todo caso, es que las fuentes más productivas de antracita y carbón bituminoso –las que contienen el mayor potencial de energía- están exhaustas. Por tanto, y al igual que ocurre con el petróleo, lo que queda son sólo las fuentes menos productivas y vastos depósitos de un carbón con bajo contenido bituminoso, muy poco atractivo y altamente contaminante, en la zona de Wyoming.

Para acceder a lo que resta del más valioso carbón bituminoso de los Apalaches, las compañías mineras recurren cada vez más a una técnica conocida como de remoción de la superficie de la montaña. John M. Broder, del New York Times, ha descrito este proceso como una “voladura de la superficie de las montañas en la que los restos de roca son arrojados a los valles y corrientes de agua”. No por casualidad, esta técnica ha sido fuertemente objetada por los ambientalistas y residentes de la zona rural de Kentucky del oeste de Virgina, cuyas fuentes de agua resultan amenazadas por el vertido de restos de roca, polvo y una variedad de contaminantes. En cambio, recibió el decidido apoyo de la Administración Bush, que en diciembre de 2008 aprobó una normativa que permitía ampliar extensivamente su uso. El Presidente Obama se ha comprometido a derogar esta normativa, pero para favorecer la utilización de “carbón limpio” como parte de una estrategia energética de transición. Queda por ver hasta donde podrá ceñir las bridas a la industria del carbón.

En definitiva: no nos engañemos. Estamos lejos de entrar (al menos todavía) a la tan proclamada era de las energías renovables. Ese día glorioso llegará, eventualmente. Pero no hasta avanzado el siglo y no sin que la búsqueda febril de viejas formas de energía haya causado una considerable cantidad de daño al planeta.  

Mientras tanto, la era del exceso energético se caracterizará por una dependencia cada vez mayor de las fuentes menos accesibles y deseables de petróleo, carbón y gas natural. A lo largo de este período seguramente asistiremos a una intensa lucha en torno a las consecuencias ambientales del recurso a fuentes tan poco atractivas de energía. Las grandes empresas del petróleo y del carbón crecerán aún más, al tiempo que los relativamente moderados precios actuales del combustible y de la energía crecerán, principalmente como consecuencia de los elevados costes del proceso de extracción de petróleo, gas y carbón en áreas de difícil acceso.

Sólo hay una cosa, desafortunadamente, segura: la era del exceso energético acarreará intensas batallas geopolíticas por el control de las fuentes remanentes entre los mayores productores y consumidores de energía, como los Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia, India y Japón. Rusia y Noruega, por ejemplo, ya tienen abierto un contencioso fronterizo en el mar de Barents, una promisoria fuente de gas natural en el extremo norte. China y Japón, por su parte, han tenido desencuentros similares en torno al Mar de China Oriental, un área que alberga otro gran yacimiento gasífero. Todos los países del Ártico –Canadá, Dinamarca, Noruega, Rusia y los Estados Unidos- han reclamado sus derechos sobre porciones muchas veces coincidentes del Océano Ártico, lo que ha generado inéditas disputas fronterizas en estas zonas ricas en energía. 

Ninguna de estas disputas ha derivado aún en un conflicto violento, pero ya han tenido lugar algunos despliegues de buques y aviones de guerra y es posible que los ánimos se caldeen a medida que aumente la consciencia del valor de los recursos en juego. No hay que olvidar, al mismo tiempo, que de hecho ya existen algunos puntos calientes ligados a la lucha por la energía en Nigeria, Oriente Medio y la Cuenca del Caspio. En la era de los límites energéticos que se avecina, por fin, tampoco pueden descartarse conflictos en torno a las cada vez más apetecibles zonas en las que la energía es simplemente accesible.

Para muchos de nosotros, la vida en la era del exceso energético no será fácil. Los precios de la energía aumentarán, los peligros ambientales se multiplicarán, cantidades cada vez mayores de dióxido de carbono irán a parar a la atmósfera y el riesgo de conflictos crecerá. Sólo tenemos dos opciones para acortar esta complicada era y mitigar su impacto. Las dos son absolutamente obvias, lo cual, desafortunadamente, no hace más fácil su puesta en práctica: acelerar de manera drástica el desarrollo de fuentes de energía renovable y disminuir sensiblemente nuestra dependencia de los combustibles fósiles, reorganizando nuestras vidas y nuestra civilización de manera que tengamos que recurrir menos a ellos en todo lo que hagamos. 

Puede que esto suene demasiado sencillo, pero intenten decírselo a los que gobiernan el mundo. A las grandes empresas de la energía. Lo último que hay que perder es la esperanza, y hay que trabajar por ello. Pero mientras tanto, mantengan ajustados los cinturones de seguridad. El viaje en montaña rusa está a punto de comenzar.

Michael T. Klare es profesor de estudios de Paz y Seguridad Mundial en el Hampshire College. Su último libro es Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy (Metropolitan Books).

Traducción para www.sinpermiso.info:  Xavier Layret

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TomDispatch, 20 septiembre 2009

La transparencia en la gestión y la inversión socialmente responsable

Se podría definir gobierno corporativo como el conjunto de prácticas, formales e informales, que gobiernan las relaciones entre los administradores y todos aquellos que invierten recursos en la empresa, principalmente accionistas y acreedores. Es obvio que unas buenas prácticas de gobierno corporativo garantizan un mejor uso de los recursos en las empresas, contribuyen a una mayor transparencia contable y mitigan los problemas de información asimétrica que caracterizan a los mercados financieros. En estas circunstancias, unas buenas prácticas de gobierno corporativo son la clave para el acceso de las empresas a los mercados de capital. Por el contrario, la ausencia de estas buenas prácticas se manifiesta en muchas formas: fallas en la oportunidad y transparencia en la divulgación de información financiera, abuso de los inversionistas minoritarios, falta de independencia e integridad en los procesos de auditoría, contratación de personal no idóneo para desempeñar sus funciones, entre otras. Estas fallas no permiten garantizar un manejo eficiente de los recursos de las empresas, ni precautela el patrimonio entregado por inversionistas y acreedores. Como resultado, se limita el acceso de las empresas a los mercados de capital. [1]
[1] Op cit CORPORACION ANDINA DE FOMENTO – CAF. Lineamientos para un Código Andino de Gobierno Corporativo: eficiencia, equidad y transparencia en el manejo empresarial. Página 22

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